Bestia roba almas P

La bestia roba almas de Tamaulipas

Cuando estaba en el ejército, me trasladaron a Tamaulipas para dar apoyo al batallón número 40; en actividades de vigilancia, patrullaje y apoyo logístico. Aquel, era un lugar olvidado por Dios, una zona de selva seca, con poblados dispersos y veredas sin nombre. Aunque había presencia de talamontes y sediciosos, no existía una razón de peso para que el batallón requiriese apoyo o para el nerviosismo que se percibía en el campamento.

Al principio, los soldados del batallón 40 se mostraron herméticos; más pronto comenzaron a contar lo que verdaderamente ocurría en aquel lugar. Según los rasos, una criatura rondaba fuera del perímetro del campamento, acosando a los vigilantes. Decían que tenía cuerpo de mono, pero cara de hombre viejo, con ojos rojos como brasas y manos alargadas con garras; atacaba desde los árboles o desde la maleza, le gustaba burlarse de sus víctimas, era fuerte como diez hombres, y siempre acercaba su rostro, para según ellos robarte el alma.

La bestia roba almas, le llamaban. Nos reímos, a carcajadas de esas historias. Más la risa, nos duró poco.

No era un animal

La primera semana, uno de los soldados de mi batallón, de apellido Reyes, fue encontrado inconsciente en la torre de vigilancia sur. Tenía los ojos en blanco y un espasmo constante en la mano izquierda.

Al tercer día, Reyes despertó y nos relató que mientras caía la tarde, y las sombras se fundían con la maleza, escuchó mucho ruido fuera del perímetro. Según sus palabras:

“Aquello que vi en los árboles, no era un animal, lo parecía….pero no lo era. Dio un salto sobrenatural desde un árbol cercano hasta la torre. Luego se abalanzó sobre mí, mientras emitía un grito sordo. Luego perdí la conciencia. ¡Maldito demonio! No me dio tiempo de defenderme.

Reyes se mantuvo ausente durante un tiempo, y no se le dio otra guardia en el perímetro.

Risa burlona

Dos días después, le ocurrió al cabo Morales. Encontramos su arma tirada en el suelo; y al soldado, varias metros dentro de la maleza, su cuerpo tenía marcas visibles de golpes y arañazos. Más tarde volvió en sí y relató algo parecido a Reyes:

“Hacía mi ronda, cuando vi a una persona asomarse desde la maleza; me acerqué para investigar, pero fue la bestia lo que saltó hacia mi; sorprendido, apunté con mi arma, pero el animal fue más rápido y me arrebató el rifle. Recuerdo buscar el cuchillo, pero la bestia me brindó un fuerte golpe en el estomago, que me hizo perder el equilibrio. Al verme en el suelo el animal pegó una carcajada burlona. Se abalanzó sobre mi, intercambiamos golpes pero el animal resultó vencedor, acercó su rostro al mío y emitió un grito hueco, sin ruido. Sentí una opresión en el pecho… aun la siento.”

Para entonces, nadie quería hacer la guardia o patrulla, el comandante insistió y decidió ponernos en pares, para la vigilancia y grupos de cuatro, para el patrullaje, ahora entendíamos que los del 40, no mentían.

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Frente a la bestia roba almas

Sabía que era cuestión de tiempo, para encontrarme de frente con la bestia roba almas. Marchaba con mis compañeros por una vereda sin nombre. Cuando escuchamos una risa burlona proveniente desde los árboles, nadie lo dijo, pero sabíamos que estábamos jodidos.

Apuntamos a todas direcciones, mientras la risa se apagaba y se desvanecía con el silencio de la tarde. Pasaron varios minutos, y al ver que no ocurría nada bajamos las armas. Estábamos por retomar la marcha, cuando esa cosa salió de las sombras; golpeó a Martínez en el rostro y a Treviño en la boca del estomago, dejándolos incapacitados. Juró por Dios que Robles presionó su gatillo y que yo también lo hice; más no se produjo ningún disparo, el animal comenzó a carcajearse nuevamente.

La bestia roba almas, era como la describían los relatos. Tenía cara de anciano, con una estúpida risa burlona en el rostro; el cuerpo era de un simio corpulento, de pelaje negro y piel ceniza, ojos como de fuego; mantenía una postura encorvada que contrastaba con su aspecto fornido.

Volví a presionar el gatillo de forma desesperada, pero mi rifle enmudeció. Asustado Robles lanzó su arma y corrió hacia el borde de la vereda; el animal corrió hacia él y le dio alcance, inmovilizándolo con un golpe en la pierna derecha; luego saltó hacia las sombras y desapareció. Supe que ese era el momento para huir, pero apenas di un par de pasos, cuando un golpe en el rostro me detuvo en seco; no supe de dónde salió, pero aquel animal me hizo saborear mi sangre y la tierra del suelo con un solo impacto.

No perdí la conciencia, por lo que vi con lujo de detalle, como regresaba con Martínez y Treviño y los remataba con varios golpes; luego realizaba aquel grito vacuo en sus rostros y ellos perdían la conciencia. Repitió lo mismo con Robles, que durante todo ese estuvo gritando por el dolor en su pierna. Finalmente se acercó a mi con su risa burlona, y pude sentir como me arrebató algo invisible alojado en mis entrañas.

Desperté varios días después en la enfermería. Conté el mismo relato que mis compañeros, omitiendo claro, mi cobarde intento de escape y el de Robles. Los siguientes días me sentí perdido, vacío, como si algo me faltara. Respiraba pero sentía que no absorbía bien el oxigeno.

Disparos en la noche

El ataque final, le ocurrió a dos vigilantes. De acuerdo al relato del cabo Ramírez, la bestia se abalanzó desde la copa de los árboles. Intentó golpear al joven soldado, al que llamábamos Epén; más este pudo esquivarlo. Por alguna razón, que a la fecha desconozco, Epén pudo, no solo dispararle, sino atinarle. Fueron dos tiros que impactaron en el cuerpo de la bestia, pero ahí donde debía brotar sangre, solo apareció un humo negro.

Enfurecido, el roba almas dejó de sonreír y golpeó con fuerza el pecho de Epé, quien se encontraba todavía sorprendido y con la guardia baja. Aquel golpe detuvo el corazón del joven soldado, y mas que el alma, esta vez a su víctima, le robo la vida.

Alertados por el alboroto, corrimos al lugar del conflicto, pero la bestia ya se había marchado de la escena del crimen. Ramírez, seguía inmóvil, horrorizado por lo que presenció.

Dos días después levantamos el campamento, y… por “decisión táctica” nos retiramos del lugar.

Años después me encontré con uno de los compañeros del ejército, ambos como civiles. Mientras bebíamos unas cervezas, recordamos aquel evento del que, al parecer, no nos gustaba hablar con otras personas. Me comentó, mientras sorbía su cerveza, lo siguiente:

Sabes, no me percaté en ese momento, pero aquella bestia en verdad sabía pelear. No sé si lo recuerdas, pero se movía como si supiera boxear ¿No? Bueno, volví a aquella zona varios años después por trabajo y descubrí que en uno de los pueblos cercanos al campamento, vivía un viejo boxeador retirado, un veterano. Sabes que más descubrí, que su hijo era un talamontes.

En ese instante recordé la risa burlona del roba almas, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Mi rostro se entumeció de repente. y di un gran sorbo a mi cerveza. Fuera el viejo boxeador, fueran los talamontes, alguien no quería que estuviéramos en aquella zona.

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