El hombre ahorcado 1

El hombre ahorcado de año viejo

Me sucedió a finales de diciembre, con apenas 6 años de edad, cuando vi al hombre ahorcado.

Cada fin de año, visitaba con mi familia, a mi abuela materna; en una localidad rural, llamada Ahuizotla, cerca del antes conocido como Distrito Federal, en Ciudad de México.

En aquellos años, la casa de mi abuela era de bloques de concreto y láminas de asbesto, dividida en una sala gigantesca, en donde se celebraban las fiestas y un cuarto igual de inmenso, en donde dormía toda la familia. El baño, la bodega de trebejos y la cocina, estaban en el exterior, en el patio trasero, hacia los sembradíos de maíz, frijol y verduras que tenía la anciana para consumo propio.

Aquella madrugada de año viejo, me desperté con ganas ir al baño, sacudí a mis padres para que me acompañaran, pero agotados por la fiesta, no despertaron; intenté con mis primos, más me regañaron diciendo que ya estaba grande para ir sólo.

Con las ganas cada vez más fuertes, me coloqué mis zapatos y una mantita, para espantar el frio; mientras que con  una linterna de pilas doble D, marché hacia al baño cortando con el haz de luz, la oscuridad.

El hombre ahorcado

Ya en el baño, apagué la linterna y comencé a hacer mis necesidades. Envuelto en tinieblas, puse atención el cantar de los grillos y al viento frío ululando en el campo, agucé el oído para encontrar nuevos sonidos, cuando el crujido de una de las vigas de madera del techo, llamó mi atención.

Asustado, apunté la linterna encendida al techo y levanté la mirada. Aún tengo la imagen fresca en la memoria. Un hombre vestido de manera humilde colgaba ahorcado de la viga del techo, de entre su cara hinchada y morada, sobresalían unos ojos ensangrentados, que me observaban con desesperación.

El hombre comenzó a moverse con desespero, estirando los brazos con la intención de alcanzarme; quise correr, pero no pude, me quedé petrificado.  Al ver que sus esfuerzos eran en vano, el ahorcado detuvo su vaivén e intentó decir algo. No logré entender su balbuceo, para cunado pronunció las primeras palabras, mis piernas recuperaron sus fuerzas, y corrí como poseído a la casa.

Desperté a todos mis familiares con mis llantos, y asustados por mi confesión, salieron a revisar el baño, pero no encontraron a ningún hombre ahorcado. Durante los siguientes días, soñé con el ahorcado, un hombre de mediana edad, que intentaba decirme algo, pero al que no escuchaba, por ser presa del pánico.

El hombre ahorcado 2

Tenía un nombre

Aquella, fue mi última noche en casa de mi abuela. En los siguientes años, nos quedamos con mis tíos por las noches, y visitaba a mi abuela por las mañanas, de esa manera las pesadillas en casa de la anciana terminaron.

Una tarde, cuando tenía doce, manejaba mi bicicleta por las calles de tierra de la colonia, cuando un campesino de avanzada edad me detuvo y me preguntó, si yo era el niño que había visto a el hombre ahorcado; asentí.

El hombre suspiró y mientras limpiaba su sombrero, me dijo: -Era mi tío abuelo, era el dueño del terreno de sembradíos, antes de que mi familia lo vendiera a tus abuelos. Decidió quitarse la vida una noche vieja, pero nunca supimos por qué lo hizo-.

Aquel extraño se colocó nuevamente el sombrero, preguntó si el fantasma de su tío abuelo me había dicho algo, pero negué con la cabeza.

-Sabes, tenía un nombre, se llamaba Ulises-. Concluyó el campesino, y sin decir otra palabra, continuó con su camino.

 

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