Sucedió en la antigua provincia de Pyongan, durante la última nevada de la dinastía Joseon, cuando las dos coreas todavía eran una y se dividían en ocho grandes provincias.
En esos años, uno de los inviernos más crudos azotó la región. En las plazas y los caseríos se corrió la voz de que aquello era un castigo divino. La situación empeoró, cuando los jóvenes solteros de los diferentes pueblos que conformaban Pyongan, comenzaron a desaparecer de manera misteriosa.
Castigo Divino
Los problemas llegaron a los oídos del gobernador, quien presionó al ejército, para que investigaran las desapariciones. De acuerdo a los familiares, los jóvenes desaparecían al estar solos durante cada nevada. Lo único que dejaban tras de sí, era un rastro de sangre que se desvanecía en la nieve.
Sabedor de que las desapariciones, no respetaban estatus social o lugar de residencia. El gobernador mandó a duplicar la guardia en su casa, ya que tenía un joven hijo, de nombre Yi Kwai; quien por su preparación para formar parte de la corte, debía permanecer soltero y encerrado en la casa del gobernador.
Para solucionar los males que asolaban a Pyongan, el gobernador partió para Seúl; en busca del consejo de uno de sus antiguos maestros, no sin antes recordar a la guardia y a la corte, la importancia de cuidar a su primogénito.
El joven Yi Kwai
Los guardias de palacio, pusieron especial atención a la rutina de Yi Kwai. En la mañana, el joven amo permanecía en la casa del gobernador, para luego cruzar un pabellón interno con dirección al yamen u oficina del gobernador. Ahí estaba hasta las primeras horas de la tarde, ayudando al encargado con los pendientes de su padre.
Por la tarde, Yi Kwai atravesaba el jardín a lo largo de un corredor externo, con dirección a una pequeña biblioteca que se encontraba en una colina, conocida como la Pagoda del Cielo. Ahí se preparaba para los exámenes de la corte hasta muy entrada la noche, cuando regresaba de vuelta a su dormitorio, atravesando palacio de extremo a extremo.
Durante los primeros días, en su recorrido, el hijo del gobernador era acompañado por un asistente y al menos cuatro guardias; más al notar, que las desapariciones ocurrían en pueblos lejanos, los guardias y cortesanos relajaron el cuidado del muchacho.

La Kumilho
Mientras tanto, en Seúl, el viejo maestro escuchaba con preocupación al gobernador de Pyongan, este no terminó de compartir los detalles de la desapariciones; cuando el maestro le interrumpió y reveló al culpable. Una Kumilho, un ser metamorfo parte importante de las leyendas asiáticas, una zorra de nueva colas que ese invierno había salido de su hibernación.
Por las víctimas, el maestro pudo deducir que la Kumilho ya era capaz de convertirse en mujer, y que buscaba mantener su forma humana durante los siguientes años, ya que solo podría hacerlo, mientras más víctimas humanas devorara. Ningún joven soltero estaba a salvo en Pyongan, ya que no había forma conocida para detener a tan maléfico ser.
Esa misma mañana, un emisario salió a toda prisa con dirección a Pyongan, llevando la orden de organizar un grupo de guardias y transportar a Yi Kwai con vida a Seúl.
La última nevada
Hasta llegada la tarde, las actividades en la casa del gobernador, se realizaron como de costumbre, salvo por el encargado, que una vez terminado sus pendientes en el yamen, partió a un pueblo cercano llevándose con él a algunos guardias.
Yi Kwai despachó entonces a su guardia personal, para que se unieran al cuidado de su madrastra y sus hermanastras; mientras permaneció con su asistente en la Pagoda del Cielo. Esa tarde, la jefa de las cocineras enfermó y pasó el encargo a una joven ayudante con poca experiencia; por lo que los envíos de comida a la biblioteca se retrasaron.
Era de noche, cuando a Yi Kwai lo interrumpió el hambre, incapaz de dejar sus estudios, pidió a su asistente ir en busca de los alimentos, mientras el continuaba en la Pagoda, acompañado del viejo bibliotecario, quien por su edad, se encontraba descansando en uno de los cuartos contiguos.
El precio a pagar
Esa noche, uno de los guardias mencionó, que pese a lo fuerte de la nevada, vio a una hermosa joven mujer vestida de blanco, cruzar el jardín en dirección a la Pagoda del Cielo. Pese a la hora, pensó que era una de las encargadas de cocina, que llevaba los alimentos al joven amo; por lo que no la detuvo.
Mientras descendía con dificultad por la nevada colina, el asistente creyó ver a una joven concubina subiendo en dirección a la pagoda. Con dificultad para ver, llevo su brazo a la altura de sus ojos e intentó parar a la mujer, más fue como detener al viento, pues no había nadie a los alrededores. Confundido, continuó su camino, asumiendo, que aquello había sido una visión provocada por el hambre.
Fueron voces juveniles, lo que despertaron al viejo bibliotecario, y le hicieron asomarse discretamente a la biblioteca. Según su testimonio, era el joven amo Yi Kwai, quien se prestaba con pasión a sus deseos carnales, con una de las mas bellas concubinas que hubiera visto el anciano. Con complicidad, esbozó una sonrisa y regresó a su cuarto, pensando que el joven pasaría la mejor de sus noches.
Aunque no se supo con certeza lo que ocurrió esa noche, por los relatos y el estado de la biblioteca; se cree que la kumilho, con la apariencia de una hermosa doncella, sedujo al joven Yi Kwai, quien bajó la guardia y se entregó al deseo. Fue un ataque desprevenido al hombro, lo que interrumpió todo acto carnal; asustado. El joven logró zafarse e intentó correr a una de las salidas cercanas, más un zarpazo a la pierna y una mordida mortal al cuello; detuvieron todo intento de escape.
Aquella noche, se pagó el precio por la tan esperada, última nevada.


