Hace muchos años, cuando Huixtla era todavía un pequeño poblado, existía cerca del panteón, una zona a la que todos conocían con el nombre de el Chichal; un extenso camino de terracería lleno de árboles frutales, en la que aparecían toda clase de espantos.
Una noche, mi padre que solía viajar en bicicleta, no logró cruzar el Chichal a tiempo. Sabedor de las cosas que ocurrían en aquella zona; se detuvo en la última farola y tomando el poco valor que le quedaba, pedaleó hacia la oscuridad con la idea de pasar tan rápido; que a ninguno de los espantos que moraba en aquel lugar, le daría tiempo de detenerlo.
El Chichal
Fue a mitad de camino, que la bicicleta se volvió pesada, y sintió como unos pequeños brazos se deslizaron por su estómago y le presionaron con fuerza. Mi padre, sintió el alma escaparse por entre sus labios, y confundido, miró hacia la parte trasera de su vieja bicicleta.
La escasa luz de la luna, le reveló lo imposible. Un niño de tez oscura, delgado hasta los huesos, con claros signos de deformidad y los pies inusualmente al revés; se había recargado en sus diablitos, y con una sonrisa de oreja a oreja, le gritaba: ¡Más rápido! ¡Más rápido!
Pese a estar asustado, el viejo rápidamente espabiló, y retomó el control de su bicicleta. Sabía que, si se detenía, quedaría a merced de los terrores que habitaban el Chichal; por lo que tomo fuerzas de su ser, y pedaleó hasta llegar al otro lado, hasta que la bicicleta se sintió ligera, hasta que las risas y los gritos desaparecieron en la oscuridad del Chichal.


